Para contar las ocasiones en las cuales he utilizado este espacio para discutir algún asunto no relacionado a la música, con los dedos de una mano me basta. Sin embargo, los acontecimientos suscitados en días recientes me compelen, o mejor dicho, me obligan, a expresarme en torno a lo que prosigue. La intolerancia y la ignorancia nunca han escaseado en Puerto Rico, pero lamentablemente esta semana hemos vivido la zafra de manifestaciones y expresiones prejuiciadas. Entiendo que aquellos que conformamos la masa pensante quizás no seamos la mayoría; lo que no entiendo es porque optamos por quedarnos callados. El silencio, mucho más que el prejuicio, es nuestro peor enemigo.
Cualquier residente de la isla de Puerto Rico que lea los periódicos, vea los noticieros televisados o sencillamente preste atención a lo que se habla en la calle, debe saber sobre la linea divisoria que una facción de nuestra sociedad se ha dado a la tarea de trazar. Si sumamos todas estos acontecimientos recientes, forzosamente debe concluirse que una porción considerable de nuestra ciudadanía entiende que el discrimen por razón de las preferencias sexuales de una persona sea, sino una conducta enteramente legítima, algo ampliamente tolerado. Y si hay algo ante lo cual no se debe ser tolerante, ese algo se llama intolerancia.
La semana en curso comenzó con una manifestación multitudinaria frente al Capitolio, la cual fue convocada por varios líderes religiosos locales, a los fines de protestar las enmiendas propuestas a la Ley 54. De aprobarse esas enmiendas, las protecciones de esa ley especial, la cual fue aprobada con el propósito de procesar a aquellos individuos acusados de actos de violencia doméstica, se ampliarían para incluir también a parejas del mismo sexo. Según todos fuimos testigos, este pasado lunes 18 de febrero de 2013 un mar de personas se aglomeró frente a la Casa de las Leyes para expresar su oposición a dichas enmiendas. No me mal entiendan; ciertamente todos tenemos el derecho ineludible de expresar nuestro descontento ante cualquier acción del Estado, sea real o potencial. A lo que nadie tiene derecho, sin embargo, es a pretender utilizar los mecanismos institucionales del país para perpetuar o pretender adelantar una agenda basada en el discrimen, en el odio y en la desigualdad. Sin embargo, para estas hordas fundamentalistas, aparentemente el extender la protección de una ley hacia un sector de nuestra sociedad constituye un pecado superado solo por el asesinato. Hay algún fundamento válido para oponerse a estas enmiendas que no sea el odio?
Muchos han arguido que la Ley 54 es un estatuto que existe para "proteger a la familia". Aunque ello bien pueda ser cierto, es igualmente cierto que la definición del término "familia" es uno que debe ser definido por la sociedad en general, no por Wanda "Rolex" Rolón y otros enemigos de las libertades civiles, quienes devengan beneficio económico de la perpetuación de la ignorancia. Resulta curioso pensar que aquellos que alegan promulgar valores cristianos son los peores ofensores en cuanto al odio e intolerancia se refiere. Y muy para el pesar de todos aquellos que pensamos distinto, esa agenda homofóbica ahora ha permeado la más venerada de todas nuestras instituciones públicas: el Tribunal Supremo de Puerto Rico.
En la tarde de ayer, 20 de febrero, el Tribunal Supremo publicó su opinión en un caso que trataba sobre una petición de adopción presentada por una mujer lesbiana respecto a una niña habida con su pareja, otra mujer lesbiana quien si era la madre biológica de esa menor. La totalidad de los fundamentos legales que sustentaron el rechazo de ese foro a tal solicitud son inmateriales a mi argumento; esto no es un tratado legal. Lo chocante sobre la decisión lo fue una expresión particular contenida en la opinión mayoritaria, la cual sienta un precedente extremadamente peligroso en un país ya predispuesto (en su mayoría) a discriminar contra la comunidad LGBTT. Me refiero a una expresión a los efectos de que la protección constitucional contra el discrimen por razón de sexo no incluye ni implica que exista tal protección contra el discrimen por razón de orientación sexual. No hay que ser un genio, ni mucho menos abogado, para entender que ello implica que la conducta que no está expresamente prohíbida por ley está, por ende, implícitamente permitida. Entonces, queridos lectores, sumando el gran Woodstock fundamentalista del lunes con la opinión del Tribunal Supremo del miércoles, resulta lógico concluir que en el Puerto Rico de hoy, jueves 21 de febrero de 2013, el discrimen contra todo tipo de homosexual o persona trans-género está permitido. Bueno, siempre y cuando ese discrimen se base única y exclusivamente en la preferencia sexual de la persona y no en su sexo, edad, condición social, raza o, Dios libre, su religión.
Ese, increíblemente, es el estado de las cosas en nuestra isla actualmente. Más que coraje o indignación, como puertorriqueño siento una verguenza increible de que el resto del mundo tenga confirmación irrefutable de que, además de nuestros múltiples otros males, somos una sociedad retrógrada y profundamente confundida en cuanto a temas de suma relevancia. Si el mundo fuese un salón de primer grado de escuela elemental, Puerto Rico sería el nene regordete que llora todas las mañanas y jode incesantemente a los demás. Oficialmente somos el nene medio lento que se come todo lo que encuentra, incluyendo pega, crayolas y sus propios mocos. Mientras Alemania, Irlanda y otros países de la Unión Europea (en los cuales la tendencia es reconocer a los homosexuales igual protección ante la ley) muestran comportamiento y aprovechamiento académico excelente, Puerto Rico aún no lee bien, no sabe sumar y necesita asistencia para ir al baño. Quien puede vivir en un país así? Y aún nos sorprende que nuestros jóvenes pensantes se muden a otros lugares tan pronto como les es posible?
A la luz de todo lo anterior, sugiero que mis queridos amigos de la comunidad LGBTT se hagan sentir de la misma forma que las masas conservadoras. Tirénse a la calle y manifiéstense, pero sin música ni jolgorio; aquí no hay nada que celebrar. Por el contrario, todos los que apoyamos la causa de la igualdad debemos estar bien, pero que bien, encabronaos con todo lo que ha sucedido esta semana. Callarse la boca no es una opción. Callarte significa que estás de acuerdo con los abusos de la mayoría moralista. Y dime tu? Lo estás?
Esa es la pregunta....















